El inglés del siglo XVI: cuando el español fue la lengua hegemónica de Europa

Los europeos hemos elegido el inglés como lengua supranacional de comunicación. Nadie lo ha impuesto. Nadie lo ha sugerido. Ha llegado y se ha instalado. Aunque podemos explicar las razones, ninguna sirve para iluminar sin sombras la internacionalización de la lengua de los británicos.

Unas veces el hablante necesita un inglés de dominio absoluto, como quienes hablan danés, sueco o noruego, y lo consiguen sin esfuerzo; otras, un inglés adaptado a la medida del hablante, que puede ser de cualquier nivel, incluso el de principiante.

Hemos llegado a ese remedio a pesar de tres inconvenientes. El primero es político: que el Reino Unido ha abandonado, no sin cierta dosis de soberbia, a la Unión Europea. El segundo es fonético: la indefinición vocálica inglesa, tan compleja para los oídos de hablantes no germánicos. Y el tercero, una tara originada en el conservadurismo que impide racionalizar la ortografía. Esa exigencia entorpece el estudio y la comprensión, y son pocas las voces que se alzan para solicitar una racionalización de la escritura.

Siempre tuvo Europa una lengua de referencia desde el Imperio Romano hasta nuestros días. La más antigua fue el latín; la más reciente, el inglés. Las otras fueron el árabe en la Edad Media, el italiano, que sirvió de código renacentista, el español, lengua de un imperio, y el francés, idioma refinado, admirado y deseado hasta épocas relativamente recientes.

Desde el Imperio Romano, Europa siempre ha tenido una lengua de referencia. La más antigua fue el latín, la más reciente es el inglés. Otras fueron el árabe, el italiano, el español o el francés.

La lengua que heredó la primacía europea del italiano fue el español. Desde fines del siglo XV, cuando empezó a despuntar, hasta el XVII, en que se encumbró, fue la más influyente: la de prestigio cultural, político y diplomático y la que llegó a América. Se hablaba en las cortes europeas por la expansión del Imperio, que incluía territorios en Italia, Países Bajos, parte de Alemania, América y Asia. Sirvió para la diplomacia en negociaciones internacionales, especialmente en Europa occidental y central.

Nápoles, Milán y Sicilia estuvieron bajo dominio de la corona española, y el español fue lengua influyente y de uso cotidiano entre las élites. En los Países Bajos, aunque no se impuso sobre el neerlandés, circulaba en la administración y la corte. Incluso en Francia e Inglaterra, embajadores, intelectuales y diplomáticos solían conocer el español, lengua del mayor poder militar y político del momento.

España fue el gran bastión católico frente a la Reforma protestante. Jesuitas, dominicos y otros misioneros difundieron, junto al catolicismo, la lengua española tanto en Europa como en América y en Filipinas. El modelo religioso y educativo español, ligado a la lengua, tuvo peso en regiones como el Sacro Imperio y los territorios bálticos católicos.

La literatura española gozó de una proyección extraordinaria. El Quijote fue rápidamente traducido. El teatro de Lope de Vega, Calderón de la Barca Tirso de Molina influyó en dramaturgos como Molière, Corneille o Shakespeare. La mística de Santa Teresa San Juan de la Cruz fue admirada en Italia, Francia y el Imperio alemán. El español se enseñaba en universidades europeas como Lovaina o París y se utilizaba como lengua de cultura, lugar que antes le había correspondido al latín. Se publicaron gramáticas y manuales de español para extranjeros que dan fe de su utilidad y difusión. Antonio de Nebrija ya lo había anticipado en 1492: “La lengua siempre fue compañera del imperio”.

PUBLICADO originalmente en El Confidencial por Rafael del Moral, sociolingüista experto en lenguas del mundo y autor de la ‘Enciclopedia de las lenguas’, ‘Breve historia de las lenguas’, ‘Historia de las lenguas hispánicas’ y’ Las batallas de la eñe’.

IMAGEN: Miguel de Cervantes (Pedro Moreno para Acción Cultural Española).

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