«Cerrar podrá mis ojos la postrera…»

Para Borges, Quevedo “es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura”. Sus obras son objetos verbales en los que el lenguaje exhibe con precisión sus posibles geometrías, excentricidades y rigores. Y sus poemas son muestras lacónicas y sintéticas de su prodigalidad expresiva.

Amor constante, más allá de la muerte. El soneto (dos cuartetos y dos tercetos) permite, por su brevedad y formalismo, sintetizar estilo y recursos. Y en este soneto de Quevedo, probablemente el más celebrado de su producción, se formula una rebelión contra la muerte —postrera sombra, blanco día, hora lisonjera, agua fría y ley severa— por medio de la pasión y el amor.

“Amor constante más allá de la muerte”, de Francisco de Quevedo. Por Rafael Álvarez, EL BRUJO.

Los cuartetos plantean el escenario, la inquietud y las imágenes con las que se crea el universo poético. En el primero se establecen las facultades de la muerte: cubrir los ojos y liberar el alma del cuerpo. No obstante, el tono es inquietantemente hipotético (podrá cerrarpodrá desatar). Con ello, se revela el desdén por la muerte. La muerte podrá hacer lo que sea, pero… El segundo cuarteto es, de esta forma, adversativo. El alma resuelve vencer las aguas del inframundo y la extinción. La memoria, en el momento de la muerte, tendrá la voluntad y la capacidad de navegar a través de las aguas del olvido y contravenir el orden.

Cada verso del primer terceto comienza con un sustantivo (almavenasmedulas). En esta sucesión hay una gradación expresiva. Arranca del lugar común (el alma), pasa por una imagen más sensible (las venas) y remata con la sustancia recóndita de los huesos (medulas). Y cada uno de estos conceptos son, en la estrechez del verso, caracterizados de manera vital: llenos de vida y ardor. Son casa de Eros, combustible y llama.

El último terceto expresa un futuro seguro y fehaciente. Cada verso se corresponde con los del terceto anterior: el alma dejará el cuerpo, las venas serán ceniza y las medulas polvo. Ésa es la naturaleza inflexible de la vida y la muerte. A su vez, en la segunda mitad de cada verso hay otra afirmación, tan implacable como indisciplinada. El alma no encontrará descanso, las cenizas tendrán sentido, y el polvo, en su insignificancia, seguirá enamorado.

El último verso resignifica el sentido de todo el poema (polvo serán, mas polvo enamorado). El amor había sido apenas sugerido por la tímida presencia de un dios que ni siquiera se nombra (Eros, el dios aprisionado en el alma). En sentido estricto, el tema era la resistencia contra la muerte. La voz se resiste a que la muerte barra con el recuerdo. La terquedad y el capricho se resuelven, hasta el último verso y la última de las palabras, en voluntad amorosa. Es, en el último instante, un poema de amor.

Si la poesía es potencialización del lenguaje, el soneto de Quevedo es síntesis de toda una literatura y toda una estética: el Barroco. Éste privilegia el contraste, el juego especular, la paradoja y la exuberancia. El poema pasa de un claroscuro a otro, empezando por amor y muerte. La postrera sombra conduce el alma hacia un blanco día, y una llama navega en aguas heladas. El polvo —expresión última de lo inerte— es sujeto de empeño amoroso, como el cadáver de desasosiego. Los lugares comunes se subvierten, y se convierten en imagen de su contrario.

La forma y la estructura del poema dan cuenta también de la opulencia y la contención del estilo. Por ejemplo, cada estrofa es, consecutivamente, afirmación y negación; condición y osadía (Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra vs. perder respeto por ley severa). El mismo conflicto se reproduce en cada uno de los versos del último terceto (su cuerpo dejará, no su cuidado). Es decir, el mecanismo que se desarrolla a lo largo de todo el poema se duplica de forma condensada en las últimas líneas, como una suerte de puesta en abismo en la que una parte duplica al todo. La misma estrategia se puede identificar en la extensión de los enunciados. En las primeras líneas, cada afirmación se extiende a lo largo de dos versos (Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra / que me llevare el blanco día). Paulatinamente, cada sentencia se contrae a la extensión de uno solo (Alma a quien todo un dios prisión ha sido). Y en la última estrofa, dos sentencias lapidarias confrontadas se acomodan en la rigidez de un solo endecasílabo (su cuerpo dejará, no su cuidado). Así, los tercetos son el clímax preparado por unos cuartetos que establecen el tema, la duda, la angustia, así como el escenario intelectual y emotivo.

Para Dámaso Alonso, éste es el poema más bello de la lengua española. Otros tantos (Pou, Alonso, Aguinaga) han dedicado importantes y extensas reflexiones para comprender y describir la efectividad estética de un texto escrito hace poco menos de cuatrocientos años. Todos proponen lecturas muy diferentes, pero coinciden en su asombro frente al milagro verbal. Así, si para Borges, Quevedo es toda una literatura, este poema es la maqueta de su universo.  

PUBLICADO ORIGINALMENTE POR RICARDO J. CASTRO, profesor, editor, escritor y corrector, en www.estepais.com

IMAGEN: Firma Francisco de Quevedo y Villegas cuando es nombrado caballero de la Orden de Santiago (1618).

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