Villancicos, villanos y ciudadanía

Un año más, los llamados «villancicos tradicionales» ponen a prueba nuestra paciencia, con esa machacona proliferación de estridencias y paupérrimas orquestaciones, principalmente en los centros urbanos, donde los comercios, edificios públicos y tenderetes insisten en someternos a esta particular prueba de resistencia.

El caso es que ciudades y villancicos, en principio, debían estar reñidos. ¿Por qué? Por principio etimológico, pues deriva de la palabra latina villa, mansión de un señor (dominus) con todas sus dependencias, instalada por lo común en el campo y que tendía a la autarquía. Esa vinculación con el medio rural será la que permanezca asociada, en un principio, a «villa», y de ahí derivan «villana» y «villano», como las personas que viven en el agro, particularmente los labriegos. En el Renacimiento italiano, también las grandes construcciones alejadas de la ciudad tomaron el nombre antiguo, villa, y aún hoy es frecuente observar que las casas con terreno (y con pretensiones) a las que bautizan sus propietarios, suelen comenzar con el término en cuestión, seguido de un nombre propio o, eventualmente, otro cualquiera.

«Villancico», en su acepción más conocida, esconde una riqueza rastreable a través de los significados que, en sus distintas etapas históricas, ha conocido este vocablo, de rancia tradición en castellano, usos de la palabra que quedan ahora como jerga propia de la historia de la literatura y de la musicología.

De villa deriva «villancico», como diminutivo de «villano». Este fue también «un tañido de danza española, llamado así, porque sus movimientos son «á semejanza de los bailes de los aldeanos», según Autoridades. Para más confusión, el laudista italiano Cesare Negri, en 1552 (Le gratie d’Amore) le da también el nombre de villancico; al igual que la «villanesca», de orígenes populares, pero luego introducida con éxito en la órbita cortesana; o la «villanela», que se hizo pieza propia de los instrumentos de cuerda pulsada. Metáfora de todo ello es el famoso Villano que el guitarrista aragonés Gaspar Sanz incluye en su Instrucción de Música sobre la guitarra española (1674) y con que se abre la Fantasía para un gentilhombre (1954), para guitarra y orquesta de Joaquín Rodrigo. Otra vez, sublimados, los gustos y maneras campesinas se introducen en las salas nobles.

Un villancico navideño, también llamado simplemente villancico, según la primera acepción del Diccionario de la lengua española — es un canto (cristiano o profano) tradicional interpretado durante las fiestas de fin de año, desde un poco antes de la Navidad hasta la Epifanía.

Antes, el «villancico» consistía en una manifestación lírica sencilla y popular, que variaba métricamente. Solía llevar adaptada su música, coincidiendo su estructura con la del zéjel, siendo su contenido temático ya religioso, ya profano. Será a finales del siglo XV cuando el género alcance una dimensión extraordinaria en la Península Ibérica, con el auge de las composiciones en lengua romance, popularidad que continuará indemne durante dos siglos largos. Así, cuando Preciosa, la gitanilla de la novela ejemplar de Cervantes, llegue a Madrid, deleitará con un improvisado repertorio «de villancicos, de coplas, seguidillas y zarabandas, y de otros versos, especialmente de romances, que los cantaba con especial donaire». No eran, precisamente, cantos de Navidad lo que la falsa gitana interpretaba. Formalmente, constaban de un estribillo de tres versos, unas coplas de cuatro, a los que se sumaba un enlace de uno o dos versos, con repetición de los últimos versos del estribillo, que reciben el nombre de vuelta.

Villancicos, a lo humano o lo divino, se encuentran en número sorprendente en el Cancionero de la Colombina (llamado así por estar en la biblioteca de Hernando Colón, hermano del navegante), compilado hacia 1490, donde Juan del Encina deja impronta de su maestría; 54 villancicos se recogen en el Cancionero de Upsala (Venecia 1536), de los que sólo una docena son de tema religioso y navideño; muchas de las piezas contenidas en la obra del sevillano Juan Vázquez, Recopilación de sonetos y villancicos a cuatro y cinco voces (1560) pertenecen a ese género, el vihuelista Esteban Daza incluye un buen puñado de villanescas y villancicos en El Parnaso (1576), y así en un largo etcétera, pues los siglos XVII y XVIII, en España y en América, conocieron la floración del villancico, sacro o profano, por doquier.

Los villancicos de hoy en día, como cantos populares que aluden al misterio de la Navidad, arrancan del finales del siglo XIX, y los podemos cantar tengamos orígenes rústicos o urbanos, seamos villanos o no, ya que, según reza la Constitución española en su artículo 137: «El Estado se organiza territorialmente en municipios, en provincias y en las comunidades autónomas que se constituyan», por lo que la taxonomía territorial propia del Antiguo Régimen que distinguía las poblaciones en lugares, aldeas, pueblos, villas o ciudades, ahora no tiene virtualidad alguna. Al menos en teoría, ni villanos ni señores, ni villanas, ni señoras. Vivan ustedes donde vivan, disfruten con los villancicos, y si puede ser con los bien cantados, mucho mejor.

Ande, ande, ande, la marimorena…

Por José Miguel Lorenzo Arribas (Rinconete – Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes)

IMAGEN: Cancionero de Navidad. Villancicos Populares Españoles, de Juan Hidalgo Montoya (detalle de la cubierta).

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